Dado que la experiencia del espacio, además de una experiencia
física es esencialmente una experiencia visual, la luz entra
en escena como uno de los agentes activos más importantes. La
luz es la causa de la percepción visual, y, por tanto, de la
percepción del espacio expositivo.
Entendiendo el término espacio
expositivo como un lugar de comunicación en el que tiene lugar
el encuentro entre la obra y el espectador, es la luz la que permite
al visitante experimentar al completo las cualidades tridimensionales
del espacio, desde el interior del mismo.
La cantidad de luz no sólo determina
si el espectador podrá percibir el espacio o no, sino que además
influye sobre su experiencia estética del mismo. De su versatilidad
se desprenden múltiples posibilidades. La luz puede aprovecharse
para ambientar el espacio, para atraer la atención hacia algo
en concreto, para establecer un juego de luces y sombras, para crear
una u otra atmósfera. Es por tanto importante saber observar
cómo afecta la luz al espacio expositivo, porque ésta
puede modificar nuestra percepción del mismo. Es decir, el uso
de la luz determinará en gran medida los efectos que pueden crearse
dentro de una exposición y, consecuentemente, la lectura que
el espectador haga de la misma.
Pero además de requerir un conocimiento
de la percepción y de la estética, la luz requiere un
dominio de la técnica para conseguir los efectos deseados. Dada
su complejidad, es uno de los principales puntos de estudio en el diseño
de los espacios expositivos y en la posterior planificación de
las exposiciones, y el modo de utilizarla se deriva del efecto que se
desea conseguir en el espacio, sin olvidar las exigencias que el tipo
de obra conlleve.
Existe una gama tan amplia de posibilidades
de iluminación de un espacio como de diseño del espacio
mismo. Mientras en algunos se pretenderá una iluminación
uniforme, en otros el objetivo será centrar la luz sobre determinadas
zonas o conseguir crear distintos efectos.
Como punto de partida podemos establecer
una diferenciación entre luz natural y luz artificial.
La calidad de la luz natural es incomparable,
de ahí que intenten imitarla muchos sistemas de iluminación
artificial. Sin embargo, es precisamente su condición de natural
la que la convierte en un fenómeno totalmente imprevisible y
por tanto imposible de controlar. Independientemente del hecho de que
la luz varía en función de la situación geográfica
en la que se encuentre el espacio a iluminar, utilizarla como única
fuente de iluminación supone estar sujetos tanto a los diferentes
cambios horarios que va marcando a través de las estaciones,
como a cualquier variación derivada de los fenómenos atmosféricos.
A ésta continua danza de la luz
le es inherente la danza de las sombras. Las sombras actúan como
un puente entre los objetos y el espacio. A la vez que la sombra proyecta
la forma de los objetos, está definiendo la forma de los espacios
sobre los que se está proyectando.
Una sombra proyectada sobre una superficie
define ésta como plana y horizontal, o tal vez desigual e inclinada;
con ello crea indirectamente espacio alrededor del objeto por el cual
es proyectada.
Hay tantas sombras como tipos de luz,
y un mismo espacio puede resultar perceptualmente muy diferente en función
de las sombras que se generen por una u otra iluminación. Éstas
pueden controlarse al trabajar con luz artificial, pero difícilmente
al hacerlo con luz natural. Este hecho restringe el uso de la luz natural
directa, a los espacios expositivos situados en el espacio público,
donde resulta muy interesante comprobar hasta qué punto la percepción
visual de los mismos está sujeta a las variaciones de la luz,
y a aquellos espacios donde esta variabilidad es precisamente el objetivo,
por su capacidad de generar contrastes, por su capacidad expresiva,...
También hay otros sistemas a la
hora de utilizar la luz natural, como valerse de medios para controlar
su entrada dentro del espacio expositivo. Éstos vienen dados
no sólo por consideraciones estéticas, sino también
por necesidades de conservación.
Cuando se decide iluminar un espacio
expositivo con luz natural, además de estudiar todas aquellas
consideraciones que nos lleven a conseguir la mejor calidad de iluminación,
como son su incidencia sobre el espacio, su dirección, intensidad,
proyección..., hay que tener en cuenta las necesidades de conservación
de cada exposición. Del mismo modo que la cantidad e intensidad
de luz natural varía, lo hace el calor que desprende, pudiendo
llegar a resultar perjudicial.
Esta preocupación por los efectos
deteriorantes de la luz se hace extensible a todo tipo de iluminación,
sea natural, artificial o mixta, ya que, por supuesto, se pueden combinar
las fuentes de luz de modo que creen una iluminación organizada.
Independientemente del tipo de luz, ésta
puede utilizarse de muchísimas maneras. Es, junto al espacio,
la forma, el color, la textura e incluso el sonido, uno de los elementos
principales del diseño expositivo, ya que es al mismo tiempo
acción creadora y efecto producido.
La luz determina los aspectos cualitativos
esenciales del proceso de percepción visual de los elementos
en el espacio expositivo, inclusive de aquellos elementos expositivos
que no necesitan iluminación, ya que ellos mismos la emiten,
como es el caso de monitores de vídeo, ordenadores o proyectores.
La luz posee esta dimensión complementaria,
no sólo se hace visible, sino que hace visible el espacio, de
una u otra manera.
NOTA
ARNHEIM, RUDOLF.
Arte y Percepción Visual: Psicología del ojo creador
, Alianza, Madrid, 1999. p 319.