Luz y espacio expositivo
Laura Silvestre García
Publicado en Trato de la Luz con la Materia: Maribel Domenech y Margo Sawyer. Ed. Grupo de Investigación HUM-480 "Constitución e interpretación de la imagen artística" Universidad de Granada  


Dado que la experiencia del espacio, además de una experiencia física es esencialmente una experiencia visual, la luz entra en escena como uno de los agentes activos más importantes. La luz es la causa de la percepción visual, y, por tanto, de la percepción del espacio expositivo.

Entendiendo el término espacio expositivo como un lugar de comunicación en el que tiene lugar el encuentro entre la obra y el espectador, es la luz la que permite al visitante experimentar al completo las cualidades tridimensionales del espacio, desde el interior del mismo.

La cantidad de luz no sólo determina si el espectador podrá percibir el espacio o no, sino que además influye sobre su experiencia estética del mismo. De su versatilidad se desprenden múltiples posibilidades. La luz puede aprovecharse para ambientar el espacio, para atraer la atención hacia algo en concreto, para establecer un juego de luces y sombras, para crear una u otra atmósfera. Es por tanto importante saber observar cómo afecta la luz al espacio expositivo, porque ésta puede modificar nuestra percepción del mismo. Es decir, el uso de la luz determinará en gran medida los efectos que pueden crearse dentro de una exposición y, consecuentemente, la lectura que el espectador haga de la misma.

Pero además de requerir un conocimiento de la percepción y de la estética, la luz requiere un dominio de la técnica para conseguir los efectos deseados. Dada su complejidad, es uno de los principales puntos de estudio en el diseño de los espacios expositivos y en la posterior planificación de las exposiciones, y el modo de utilizarla se deriva del efecto que se desea conseguir en el espacio, sin olvidar las exigencias que el tipo de obra conlleve.

Existe una gama tan amplia de posibilidades de iluminación de un espacio como de diseño del espacio mismo. Mientras en algunos se pretenderá una iluminación uniforme, en otros el objetivo será centrar la luz sobre determinadas zonas o conseguir crear distintos efectos.            

Como punto de partida podemos establecer una diferenciación entre luz natural y luz artificial.

La calidad de la luz natural es incomparable, de ahí que intenten imitarla muchos sistemas de iluminación artificial. Sin embargo, es precisamente su condición de natural la que la convierte en un fenómeno totalmente imprevisible y por tanto imposible de controlar. Independientemente del hecho de que la luz varía en función de la situación geográfica en la que se encuentre el espacio a iluminar, utilizarla como única fuente de iluminación supone estar sujetos tanto a los diferentes cambios horarios que va marcando a través de las estaciones, como a cualquier variación derivada de los fenómenos atmosféricos.

A ésta continua danza de la luz le es inherente la danza de las sombras. Las sombras actúan como un puente entre los objetos y el espacio. A la vez que la sombra proyecta la forma de los objetos, está definiendo la forma de los espacios sobre los que se está proyectando.

Una sombra proyectada sobre una superficie define ésta como plana y horizontal, o tal vez desigual e inclinada; con ello crea indirectamente espacio alrededor del objeto por el cual es proyectada.

Hay tantas sombras como tipos de luz, y un mismo espacio puede resultar perceptualmente muy diferente en función de las sombras que se generen por una u otra iluminación. Éstas pueden controlarse al trabajar con luz artificial, pero difícilmente al hacerlo con luz natural. Este hecho restringe el uso de la luz natural directa, a los espacios expositivos situados en el espacio público, donde resulta muy interesante comprobar hasta qué punto la percepción visual de los mismos está sujeta a las variaciones de la luz, y a aquellos espacios donde esta variabilidad es precisamente el objetivo, por su capacidad de generar contrastes, por su capacidad expresiva,...

También hay otros sistemas a la hora de utilizar la luz natural, como valerse de medios para controlar su entrada dentro del espacio expositivo. Éstos vienen dados no sólo por consideraciones estéticas, sino también por necesidades de conservación.

Cuando se decide iluminar un espacio expositivo con luz natural, además de estudiar todas aquellas consideraciones que nos lleven a conseguir la mejor calidad de iluminación, como son su incidencia sobre el espacio, su dirección, intensidad, proyección..., hay que tener en cuenta las necesidades de conservación de cada exposición.   Del mismo modo que la cantidad e intensidad de luz natural varía, lo hace el calor que desprende, pudiendo llegar a resultar perjudicial.

Esta preocupación por los efectos deteriorantes de la luz se hace extensible a todo tipo de iluminación, sea natural, artificial o mixta, ya que, por supuesto, se pueden combinar las fuentes de luz de modo que creen una iluminación organizada.

Independientemente del tipo de luz, ésta puede utilizarse de muchísimas maneras. Es, junto al espacio, la forma, el color, la textura e incluso el sonido, uno de los elementos principales del diseño expositivo, ya que es al mismo tiempo acción creadora y efecto producido.

La luz determina los aspectos cualitativos esenciales del proceso de percepción visual de los elementos en el espacio expositivo, inclusive de aquellos elementos expositivos que no necesitan iluminación, ya que ellos mismos la emiten, como es el caso de monitores de vídeo, ordenadores o proyectores.

La luz posee esta dimensión complementaria, no sólo se hace visible, sino que hace visible el espacio, de una u otra manera.

 

NOTA

ARNHEIM, RUDOLF. Arte y Percepción Visual: Psicología del ojo creador , Alianza, Madrid, 1999. p 319.